Quizás una calculadora acaba de decirle algo que no esperaba, y ahora se pregunta: ¿es siquiera preciso el IMC? Es una pregunta justa, y la respuesta honesta es más interesante que un «sí» o un «no». El IMC suele acertar sobre grupos de personas y a menudo se equivoca sobre cualquier individuo concreto. Aquí le explicamos cuándo confiar en él, y cuándo tomarlo con cautela.
En qué acierta el IMC
El IMC es simplemente su peso dividido por el cuadrado de su altura. Esa simplicidad es su fortaleza: no necesita equipo, no cuesta nada y puede compararse entre millones de personas. En grandes poblaciones, el IMC se correlaciona razonablemente bien con la proporción de personas que llevan más grasa corporal, y por eso organismos como los CDC y la OMS lo usan como medida de cribado. Como primera señal rápida —y para vigilar su propia tendencia a lo largo del tiempo— cumple bien su función.
Dónde induce a error el IMC
Esa misma simplicidad es también su debilidad. El IMC no mide la grasa corporal directamente, por lo que puede equivocarse sobre una persona concreta de formas predecibles:
- No puede distinguir el músculo de la grasa. Dos personas de la misma altura y peso tienen el mismo IMC aunque una sea mayormente músculo. Por eso los deportistas a menudo aparecen con «sobrepeso».
- Ignora la distribución de la grasa. La grasa alrededor del abdomen tiene asociaciones de salud distintas a la grasa en caderas y muslos, pero el IMC las trata de forma idéntica.
- No tiene en cuenta la edad ni el sexo por sí solo. Los adultos mayores a menudo pierden músculo y ganan grasa con el mismo peso, por lo que un IMC «normal» puede ocultar un nivel de grasa corporal más alto.
- Puede interpretarse de forma diferente según las poblaciones. Algunos organismos de salud usan umbrales más bajos para personas de ascendencia asiática, donde el riesgo puede comenzar con un IMC más bajo.
Lo que muestra realmente la investigación
Los estudios encuentran de forma constante que el IMC se correlaciona con la grasa corporal a nivel poblacional pero es una estimación imprecisa para cualquier individuo: puede tanto sobrestimar como subestimar la grasa corporal según la persona. Por eso todos los principales organismos de salud enmarcan el IMC como una herramienta de cribado, no un diagnóstico. Los CDC afirman con claridad que el IMC «es una medida de cribado y no está destinado a diagnosticar enfermedades o dolencias», y recomiendan comentar su resultado con un profesional sanitario.
Qué usar junto a él
El IMC es más útil como un dato entre varios. Las adiciones más sencillas:
- Relación cintura-altura: capta dónde acumula la grasa, algo que el IMC no puede.
- Porcentaje de grasa corporal: describe la composición de forma más directa.
- Cómo se siente, más la evaluación de un profesional de su historial y mediciones.
El veredicto honesto
El IMC es lo bastante preciso como señal de cribado, no como veredicto personal. Confíe en él como punto de partida e interprételo con contexto. Si su resultado le sorprende, eso es motivo para mirar más de cerca —con una cinta métrica, una estimación de grasa corporal y una conversación con su profesional— no un motivo para entrar en pánico. Lea más en nuestra guía sobre las limitaciones del IMC.